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Urbión (campamento volante Red Seattle)
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¡Ninastoko ha vuelto más fuerte que nunca!, jeje. Este viaje es completamente distinto a los otros cuatro ya publicados y además puede suponer un punto de inflexión en mi vida ya que tras él han cambiado muchas cosas.
Para mí fue una experiencia totalmente nueva, intensa, gratificante, arriesgada, difícil... en fin, acojonante, el proponer una ruta de campamento volante y hacer, aunque sea por unos días, de scouter de pioneros. Y, pese a algún contratiempo, salió todo muy bien gracias a la increíble entrega que tuvo la rama.
Para coger el GR que queríamos seguir teníamos que cruzar el río y hacer un trozo campo a través que el día de antes había comprobado yo. Así que, para empezar ya con aventurillas, nos pusimos las chanclas, cruzamos el río y, después, brújula en mano, llegamos hasta una cerca de pinchos que nos servía de referencia para rodearla y coger el GR.
Por suerte o por desgracia, no tardamos ni veinte minutos en perdernos. Una mala señalización en un desvío anterior me hizo equivocarme en una señalización que sí era correcta. Cuando bajamos y nos dimos cuenta del error ya era demasiado tarde, de hecho, yo estaba completamente convencido de que ya no llegaríamos a dormir a la Laguna Negra y de que el campamento volante se nos había escapado, habría que cambiar la ruta o improvisar algo. Pero Javi decidió continuar por la carretera y todos le seguimos sin saber a donde llegaríamos.
En un alarde de valentía y entrega que me sorprendió muchísimo toda la rama se puso en marcha a un ritmo muy bueno y llegamos a comer en una muy buena posición. Aunque quedaba mucho, muchísimo, para la Laguna Negra.
Durante la marcha por carretera Mary protagonizó una anécdota que le resultará familiar a quien haya leído mi primer diario de ruta, el de Ordesa y Monte Perdido. Se quedó sin suela en las botas. Así que no tuvo más remedio que volver al campamento en el coche de los padres que nos trajeron la comida para coger sus zapatillas y reunirse con nosotros a la noche.
Al terminar de comer descansamos apenas una hora y nos pusimos en marcha. En seguida llegamos a Santa Inés donde estaban los rovers junto con unos preciosos mastines que cuidaban de las ovejas. Saludamos unos minutos y seguimos, aún quedaba faena y no era momento de venirse abajo... Poco después, quisimos retomar el GR, pero habían prolongado una pista que no aparecía en el mapa y de la que no nos fiamos mucho, pero que al final seguimos porque era evidente que llevaba a la Laguna Negra y además en muchos tramos coincidía con el GR y lo borraba por completo. Sólo cogimos el GR en una subida pronunciada que apenas duró unos quince minutos pero que fueron suficientes para que algunos quisieran matarme... jeje, no sabían lo que les esperaba al día siguiente.
Después de varios titubeos y de algunas lecciones sobre cómo no guardar un cuchillo en una mochila, llegamos a la carretera que sube a la laguna y nos juntamos con la tropa. Nos recibieron como héroes, sobretodo el padre que nos trajo la comida unas horas antes, y no era para menos, los pioneros habían respondido como auténticos máquinas para llegar hasta allí siendo aún de día y a pesar de todas las circunstancias.
Durante la cena, unos tímidos truenos junto con el cielo totalmente encapotado nos hicieron pensar que íbamos a pasar una noche movidita, ya que el refugio estaba ocupado y apenas teníamos un par de dobletechos y algo de pita. Mientras los rovers servían la cena, los scouters montamos un vivac como pudimos, aunque de poco hubiera servido si la tormenta hubiese cuajado. Finalmente pudimos dormir los pioneros al raso, yo con algo de frío por llevar el saco de verano, y la tropa fue a los vivacs.
Al día siguiente, empezamos la mañana ya con un error que, de evitarlo, quizá habría menguado males mayores más adelante. Ese error fue levantarnos como a las ocho u ocho y media para salir no antes de las nueve. Quizá infravaloré el Urbión, sobretodo su descenso. Algunos pioneros seguían recelando un poco de la subida, pese a mi intento de motivación del día anterior, en el que sólo plasmé la realidad tal como yo la veía.
La ruta empezó fuerte ese día, porque el primer tramo cogía fuerte pendiente dejando la laguna atrás. Tanto fue así, que cuando llegamos al final de esa primera subida, entre el cansancio de la gente y la claridad de la ruta a cumbre que salía a la derecha, optamos por escoger esa opción para subir a la cima sin darnos cuenta de que no era el GR por el que queríamos subir.
En principio eso no fue un error, el error vino después, en el descenso cuando bajamos por el mismo sitio.
Continuamos el ascenso, mucho más suave y con los ánimos más calmados después de la fuerte pendiente del principio. Pero conforme nos íbamos acercando a cima había gente que cada vez estaba más desmotivada para subir. En todo momento tenían la opción todos de parar y esperar a que volviéramos los que sí íbamos a hacer cima, pero como la pendiente era mínima, era lógico seguir un poco más y esperar más adelante si realmente no podían. Yo no estaba seguro de si todos decidirían subir, pero lo que no dudaba era que todos podían subir. Fue por eso que me guardé un as en la manga para intentar motivar a la gente a afrontar el repecho final, cuando llegamos al comienzo de la última subida que llevaba a cumbre, donde ya casi se saboreaba la cima del Urbión, les dije que los que quisieran podían dejar la mochila en una bajada donde no se verían desde el camino. Con la ligereza de no llevar mochila... ¡no podían negarse a subir! Y así fue, después de una bonita subida entre rocas pudimos formar toda la Red Seattle y gritar acción a 2.228 metros.
Pese a la alegría de la cumbre, era tarde, muy tarde, y quedaba un descenso muy largo, mucho más largo de lo que esperábamos. Ése era el momento, cuando estábamos en la cima, de haber sacado el mapa, haber interpretado el paisaje y habernos dado cuenta de que el camino por el que queríamos bajar al refugio donde tenían que traernos la comida no era el mismo que por el que habíamos subido. Pero no lo hicimos.
Intenté apretar un poco el ritmo porque sabía que íbamos muy mal de tiempo, pero éramos muchos, algunos muy cansados y era difícil avanzar rápido. Para sumar problemas a nuestra bajada, tomamos un sendero estrecho e irregular que en el mapa lo nombraban como senda mala, pensando que era el GR que bajaba directo al refugio. En apenas veinte o treinta minutos el sendero se perdía, así que, después de intentar encontrarlo un par de veces, saqué la brújula y tiramos hacia el sur para buscar el camino con el que, por fuerza nos teníamos que cruzar. A las cinco de la tarde, por fin, lo encontramos, el problema era que no sabíamos bien qué era exactamente el lugar donde habíamos quedado con los padres para que nos trajeran la comida, y no sabíamos si era más arriba o más abajo en el camino. Después de algunos paseillos para un lado y otro Javi parecía saber dónde estábamos y tiró con dos chavales más a buscar a la tropa y a los padres. No se equivocó. Después de un par de horas más, estábamos todos comiendo junto a la tropa, que también se había perdido, y por la tarde fuimos al refugio donde nos juntamos con los rovers, que también se habían perdido. Aunque los rovers no tuvieron que pasar hambre porque tuvieron la certera idea de llevar la comida encima. Por fín descansábamos todos en el refugio después de una tarde bastante intensa para mí en la que tenía a doce chavales que no sabía cuándo iban a desesperarse, cuándo iban a enfadarse o simplemente cuándo iba a darles un bajón por no haber comido nada en todo el día. Tal era mi miedo que apenas tomé agua de mi cantimplora ese día, la llevaba llena pensando que alguno se podría marear en cualquier momento. Pero lo cierto es que me sorprendió lo bien que respondieron todos, en ningún momento nadie perdió la calma, incluso cantaban mientras caminaban a las cinco de la tarde hacia no se sabía dónde. Una actitud brillante, ejemplar.
Para esa tarde teníamos pensado llegar a dormir a Covaleda o incluso a Vinuesa para hacer una descubierta por el pueblo pero, lógicamente, con llegar al refugio tuvimos bastante. El refugio estaba bastante bien, había una planta arriba de madera en la que durmió casi todo el mundo, aunque yo, para evitar ronquidos, dormí abajo en una más pequeña y sucia con Bea y Andrea. Otros cuantos durmieron fuera. Fue la mejor noche para mí, aunque la peor para algunos que durmieron arriba... demasiada gente.
Al día siguiente ya finalizamos un campamento volante intenso, impredecible en cada paso que dábamos y muy satisfactorio, al menos para mí. Aunque creo que la rama también se quedó más o menos satisfecha... jeje. En fin, con que nadie se arrepienta de haberlo hecho me quedo contento.
¡Nos vemos en la ronda 2008/09!
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