Llegamos al refugio de la Renclusa y podemos ver que las reformas lo han dejado como un hotel, hay habitaciones pequeñas (la nuestra era de 4 y no la tuvimos que compartir) con un aseo con váter y ducha para cada habitación. En principio era un lugar muy acogedor y confortable pero les falló algo a lo que probablemente no se le da tanta importancia cuando se tiene: el agua. Al no tener agua no podíamos usar el baño y, lo peor de todo, no iba la calefacción. Consecuentemente pasamos una noche que, al menos para mí, fue la más fría de mi vida. Menos mal que los dos llevábamos buenos sacos porque sino hubiéramos enfermado seguro. La temperatura dentro de la habitación era insufrible, después de cenar llené el cazo de nieve para que se reblandeciera un poco la suciedad, ya que no podíamos fregar, y la nieve estuvo intacta dentro del cazo todo el tiempo que estuvimos allí. La poca superficie de nuestro cuerpo que asomaba al exterior del saco, en mi caso sólo los ojos la mayor parte del tiempo, se enfriaba y entumecía. Puse la alarma a las 5:50 y dejé el móvil debajo de la almohada para que no se enfriara mucho y pudiera funcionar.
3-febrero-07
Suena la alarma y nos levantamos con el mismo frío con el que nos acostamos. Nos vestimos rápidamente, desayunamos algo y bajamos abajo. A la seis y pico había movimiento en el refugio pero tampoco mucho teniendo en cuenta que debía haber un mínimo de 50 personas hospedadas que nos dijeron que iban a llegar de una asociación.
Nos colocamos los crampones y salimos a las 7 hacia los portillones con bastante frío. Durante los primeros minutos teníamos mucha claridad que nos ofrecía una Luna completamente llena, pero enseguida se escondió y tuvimos que hacer uso del frontal. Mi primera experiencia con los crampones fue bastante positiva, estaba disfrutando de caminar sobre distintos tipos de nieve e incluso por encima de un río con esos pies de pincho completamente nuevos para mí. Pero duró poco. Enseguida empecé a encontrarme más y más cansado, al principio era normal porque no me encontraba en muy buena forma, pero luego ya era cuestión de tiempo, recorrido, desnivel y estado de la nieve. Nos tiramos 5 horas y media subiendo por la ladera en busca de unos portillones que no hacían honor a su nombre, caminando sobre nieve blanda que nos tragaba los pies a cada paso, y superando un desnivel bastante considerable. Sin apenas nada de comida en el cuerpo, lo único que me mantenía caminado era el pensar que en cuanto me pegara el sol iba a parar a comer algo. Pero el sol no llegaba, y el frío no me permitía parar más de 1 minuto. Se me pasó el hambre y empecé a sentirme como ido, caminaba por inercia, respiraba profundamente y no me entraba el aire.
En un momento en el que Miquel también se encontraba muy cansado conseguí alcanzarlo y ante la desesperante tardanza del sol paré, me tomé una chocolatina y bebí algo. Después de esa pausa me levanté con un poco más de energía y pude avanzar un poco más hasta que, por fin, llegó el sol. Lo recibí sentado en una roca durante 20 ó 30 minutos observando como se fundía lentamente la nieve de mis botas. Recuperé algo el aliento en ese descanso y pude continuar hasta el final, hasta el glaciar de la Maladeta. Nos habíamos pasado.
Cuando Miquel llegó a la brecha que confundimos con el portillón superior se dio cuenta de que por ahí no se podía pasar, tras la brecha había una pared por la que no podíamos bajar. Descendimos hacia otro posible paso para atravesar la cresta que habíamos llevado a la izquierda durante toda la ascensión y nos encontramos lo mismo. Ante la evidencia de que a las 12:30, tras 5 horas y media de ascenso, la excursión se nos había terminado nos dispusimos a almorzar tranquilamente al sol y a tratar de evaluar qué había pasado. Nos planteábamos la posibilidad de que hubiéramos subido por la ladera equivocada o de que nos hubiéramos pasado, y al bajar confirmamos la segunda opción. Mientras yo ya sólo pensaba en llegar al refugio que, pese a verlo en los últimos metros del descenso, parecía no llegar nunca, Miquel vio un acceso que podía ser el auténtico portillón. No era una brecha, ni una abertura en la roca ni nada que se pudiera relacionar con la palabra “portillón”, simplemente pensábamos que sería por ahí porque se podía pasar y había huellas. Y, efectivamente, cuando nos cruzamos con un hombre que subía en esquís nos dijo que nos habíamos pasado, que era por ahí.

Glaciar de la maladeta y cresta de los portillones vistos desde el falso portillón donde paramos a almorzar. Nuestros piolets descansan más abajo.
Parece ser que esto que nos ha pasado es bastante común, no sólo porque vimos huellas hacia los dos falsos accesos al otro lado de la cresta que confundimos sino porque el padre de Miquel también se había pasado alguna vez. Así que si el lector está pensando en subir al Aneto por su ruta normal en invierno, que no haga como nosotros, que lea bien atento las guías y no se pase el pluviómetro, que creo que era la única referencia inconfundible.
Hay que atravesar la cresta por debajo del pluviómetro. Aunque, a decir verdad, yo no vi ningún pluviómetro, pero parece ser que Miquel sí. Hay que andar con ojo.
Una vez en el refugio, a las 15:00, comimos, recogimos y nos fuimos, pese a que ya iba la calefacción. Preferimos dormir en Benasque y así ya teníamos la bajada hecha, teníamos tiempo para ver la tienda de montaña Barrabés que es impresionante y podíamos descansar mejor y volver a casa al día siguiente con más tiempo y más tranquilos.
4-febrero-06
Vuelta.
Este viaje no sólo me ha servido como primera experiencia con el mundo invernal del alpinismo sino que he descubierto un nuevo mundo en él. Mi percepción ha sido que, en invernal, el alpinismo es otro mundo. Los tiempos se modifican, el agotamiento es muy dependiente del estado de la nieve. Estás mucho más expuesto y todo cobra mucha importancia según situaciones. En cuestión de unas horas puedes pasar de helarte de frío a sudar de calor e incluso cambiarte de camiseta en medio de la montaña sin pasar frío. En fin, este mundo totalmente nuevo para mí ha supuesto, además de un esfuerzo casi límite y agotador, un aliciente en mi relación con la montaña. Espero poder seguir alimentando mi espíritu montañero a base de piolet y crampones.